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Miscelánea: Usos y costumbres populares en Doña Mencía a través de la copla del corro

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Publicado por José Jiménez Urbano en "Arte, Arqueología e Historia" nº 12, enero 2005.

USOS Y COSTUMBRES POPULARES EN DOÑA MENCÍA A TRAVÉS DE LA COPLA DEL CORRO

No cabe duda de que una de las manifestaciones folclóricas más interesantes de Doña Mencía la llegaron a constituir los corros. De la riqueza y variedad de estas costumbres ya dejé constancia, dentro de mis limitaciones, en el libro "Corros y cantares populares de Doña Mencía", publicado en 1.990, en el que asimismo me lamentaba de su desaparición, tal vez por no responder a las necesidades de este tiempo de vorágine en que nos ha tocado vivir. Pero aunque aquella bonita y sana usanza de jugar al corro haya desaparecido, nos queda ese enorme caudal de coplas que le daba vida y que constituye por sí solo una inapreciable fuente de información sobre los usos y costumbres de una época ya pasada, referidos concretamente al pueblo de Doña Mencía y aun, de paso, a otros de la comarca.
No hay que pararse a profundizar mucho en el contenido de las coplas para que éstas nos hablen, más o menos directamente, de los aspectos más diversos de la vida del pueblo y de sus gentes, de sus costumbres y sentimientos, de su manera de hablar, de su forma de entender la vida, y casi siempre con una chispa y gracia particulares.
Así, podemos obtener noticia de lo que bien pudiéramos llamar geografía económica y humana de la comarca:

En Zuheros venden leche,
en Doña Mencía, vino,
en Alcaudete, orejones,
y en Baena tipos finos.

Es una referencia clara a los productos más típicos de la tierra desde tiempo inmemorial y en la actualidad. Pero los mencianos se enorgullecen no solamente de su buen vino sino de otras muchas cosas:

Doña Mencía bonita,
lo digo porque lo eres,
tienes agua de la Plata,
tienes vinos y mujeres,
tienes mujeres bonitas,
lo digo de corazón,
vivan los hombres mencianos
por lo valientes que son.

Pues qué bien. Lo malo es que casi nunca faltaba alguna guasona que añadiera, tirando el tildete:

que se juntan quince o veinte
para matar un ratón.

Chis, que nadie se entere. Otro producto tan importante como el vino es el aceite, que en nuestra zona era y sigue siendo artículo de primera necesidad. En tiempos de escasez y penuria hacía soñar con milagros imposibles:

Si el agua de la Plata
fuera de aceite
y la Oreja la Mula
de pan caliente,
estarían los mencianos
mete que mete.

Curioso y expresivo modismo ese de mete que mete. Y una aclaración para los no mencianos: La Plata es el venero más importante del término, y la Oreja (de) la Mula es ese eminente cerro que preside el paisaje menciano y, más concretamente, ese gran pico rocoso que tiene forma de eso, de la oreja de una mula.
En cuanto a los tipos humanos se refiere, ya hemos visto que los de Baena son finos y los mencianos valientes, pero podemos ampliar nuestro conocimiento:

Los de Luque son pansúos,
los de Baena trigueños,
los de Doña Mencía guapos,
los feos los zujereños.

Seguro que esta copla no la inventó un zuhereño. Ni la que sigue tampoco, donde se marcan claramente las preferencias:

Más vale un mencianito
con la boina en la cara
que catorce zujereños
vestidos todos de gala.

Supongo que en Zuheros pensarían lo contrario. Pero ¿qué hay de los pueblos? Hoy nos encantan estos pueblos, blancos, de calles limpias, plazas íntimas y coquetas, y hasta de cuidados jardines, pero ¿cómo eran hace cincuenta o más años,? La copla no se anda por las ramas ni con eufemismos:

Luque es un corral de cabras,
Zujerillos de novillos,
Doña Mencía de borrachos,
¡vaya qué tres pueblecillos!

Ya ha cambiado bastante la cosa, como ha cambiado también la economía, que de estar basada principalmente en el cultivo de la vid, seguida del olivo y del cereal, ha pasado a depender casi únicamente del aceite, amén de algunas pocas industrias. Las coplas no dejan de hacer referencia a aquellas labores. En septiembre, el de los largos y sangrantes atardeceres, comienza el rito de la vendimia:

El moreno que yo quiero
está de vendimiador,
y entre racimo y racimo
vendimia mi corazón.

Recién llegado el invierno, el olivar se convierte en el principal escenario de trabajo pero también de la vida sentimental de mocitos y mocitas. El amor, como la pena negra que cantó el poeta, "brota en la tierra de aceitunas, bajo el rumor de las hojas":

Los amores del invierno
son amores de fortuna,
que te quiero, que te adoro,
mientras dura la asituna.

Ya se acabó la asituna,
cada uno a su lugar,
y los amores se quedan
en la cruz del olivar.

En los crudos días de invierno, la recolección de la aceituna era, y sigue siendo, un trabajo duro, especialmente para los cogeores y cogeoras:

Aire que me lleva el aire,
aire que el aire me lleva,
aire que me ha de llevar
el aire de Villanueva.

El aire de Villanueva
que es un aire mu friolero,
por eso las asituneras
no pueden hacer el güevo.

Hacer el huevo, por si alguno no lo sabe, es un modismo que significa juntar las yemas de los dedos de una mano, lo que es prácticamente imposible cuando está aterida por el frío. Y Villanueva, casi es obvio decirlo, es una casería o cortijo, mejor, dos, la Alta y la Baja, entre Doña Mencía y Cabra.

Durante la campaña de recolección de la aceituna, o simplemente, durante las asitunas, las grandes cuadrillas de aceituneros, compuestas de hombres, mujeres y casi niños, hacían vida en los cortijos, en las llamadas viajás. Y el amor y el desamor siguen su curso:

Mientras duró la asituna
me quiso un asitunero,
se terminó la viajá:
si te he visto no me acuerdo.

La viajá, dependiendo de la cosecha de aceituna, solía durar tres o cuatro meses. Otra cosa era la de la siega, que duraba unos cuarenta días. Aproximadamente cada quince días -la quinsá- los trabajadores regresaban al pueblo para efectuar la muá (de mudada), que consistía en cambiarse o mudarse de ropa por otra limpia:

Mi amante está en un cortijo
y hasta la quinsá no viene,
¡quién será el aperaor
que tanto me lo entretiene!

En cuanto a la muá, es curioso que esta palabra -mudada- la recoja el Diccionario como un americanismo, cuando más bien creo, dado lo corriente y usada que era en nuestra tierra, se trata de un andalucismo.

En Junio la hoz empuño, reza el refrán. Llegado el verano comienza la siega, y la estación del ferrocarril se llena de segadores que marchan a la campiña de viajá. Su cabezas rapadas se apretujan en las ventanillas del tren. ¡Que si te pones malo, que te vengas! es el grito de despedida de la madre, de la novia... Tal vez se reprime algún reproche:

Me dijiste que te ibas,
y yo te dije que adónde,
me dijiste que a segar...
¡como si fueras un hombre!.

Con la siega, todas las labores de la era: La barcina, la trilla, el aventar... ya podemos decir que son estampas para el recuerdo. Por eso ya no tendremos ocasión de oír a ninguna mocita cantar lo que ésta:

Mi novio que está en la era
y con la capa me llama
y yo con el delantal
le digo que no se vaya.

Le digo que no se vaya,
ni tampoco que se esconda
porque hace mucho aire
y se le vuela la gorra.

Una vez sacado el agosto, esto es, limpio el grano, había que molerlo. En nuestro pueblo, que yo sepa, no había ningún molino harinero, y los más cercanos estaban en La Vega, junto al nacimiento del Marbella, en término de Luque. En tiempos normales el producto de las hazas -o jasas como por aquí se dice- del ruedo se llevaba a cualquiera de aquellos molinos, en donde mediante el pago de la maquila -porción de grano o harina que corresponde al molinero por la molienda- era convertido en harina. Pero en tiempos de escasez y racionamiento, como los que sobrevinieron con la guerra civil y la posguerra y que dieron lugar al estraperlo, había que acudir a la picaresca, así es que los labradores para escapar a la requisa, acudían a la vega, no por el Camino Viejo de Luque, que era el habitual y más corto, sino por los Balachares y Cotillas, aprovechando las horas nocturnas. De todos aquellos molinos, uno quedó para la historia:

Malagón tenía un molino
por bajito de Marbella,
ha llegado el cabo Varo
y le ha quitado la piedra.

Y le ha quitado la piedra
y le ha dado dos guantás
pa que no estraperle más
la jarina de cebá.

Y es que en aquel tiempo de privaciones algunos desaprensivos hicieron su agosto con el estraperlo. Pero qué ironía llamar estraperlistas a aquellas pobres y valientes mujeres que casi diariamente dejaban casa y familia y se desplazaban en tren hasta La Línea, hasta Algeciras..., para intercambiar géneros de la tierra -garbanzos, lentejas, habichuelas, aceite y otros productos- por medias de cristal, relojes, cinturones de plexiglás... -lo nunca visto-, con lo que allegaban unas pesetillas a sus necesitados hogares luego de pasar mil vicisitudes:

Toda la noche me tienes
tren arriba y tren abajo
y a las probres estraperlistas
les han quitado los garbanzos.

Les han quitado los garbanzos
y también las lentejillas
y un poco de chocolate
que traían en las cestillas.

A través de aquel tren circulaba gran parte de la producción de aceite de la zona, de tal forma que llegó a llamarse el tren del aceite. Pero a los pueblos de la campiña, que carecían de estación de ferrocarril, y cuya producción se limitaba casi exclusivamente al cereal, se transportaba el aceite, junto con el vino y aguardiente, todo en pellejos, por medio de carros y carretas. El camino era largo y pesado -venga andar, venga andar, y Espejo a la par, era un dicho de nuestros trajinantes-. El oficio de carretero, o carrero, fue desapareciendo poco a poco para dar paso al de transportista. Pero la copla queda:

La carreta y los bueyes
son de mi padre,
y el carretero es mío
que no es de nadie.

Junto con la agricultura, la ganadería. Los pastores y cabreros no escaseaban en nuestro pueblo, aunque parece ser que no tenían muy buena fama, según sentencia la copla:

No te cases con pastores
ni tampoco con cabreros,
que el dinerillo se gastan
en collares y cencerros.

Yo diría que también en aguardiente, pues se levantaban al amanecer, ordeñaban las cabras si no lo habían hecho la noche anterior, y escapaban a la taberna a matar el gusanillo, pero con tan mala puntería que les daban las diez o las once de la mañana con la chaquetilla del aguardiente puesta. Todo un ritual. Luego llevaban el ganado de careo al campo hasta el anochecer.

Otro oficio, no tan común como los anteriores y ya prácticamente desaparecido pero a mi entender de ingrata memoria, era el de carbonero. Y digo de ingrata memoria porque los carboneros, en el ejercicio de su profesión, dejaron repelada la sierra de encinas, madroños y chaparros y de todo lo que sirviera para quemar. Pero ellos tenían que comer y los demás que guisar y calentarse.
No obstante, gozaban de aceptación entre el sexo débil:

Madre mi carbonero
no vino anoche,
yo lo estuve esperando
hasta las doce.

Como también indica esta otra copla, que más bien parece un pregón:

Madre mi carbonero
ya está en la esquina
y viene pregonando
carbón de encina.

Carbón de encina,
carbón de olivo,
niña bonita
vente conmigo.

El género se traía al pueblo en sacos y en seras, especie de espuertas grandes de esparto. He aquí una graciosa comparación:

Se lo dije a una morena
y me contestó que no;
¡válgame Dios lo que vale
una sera de carbón!

Ese modismo precioso y curioso de se lo dije, es una declaración de amor en toda regla, y valdría la pena ocuparse de él. Posiblemente más adelante nos lo encontremos de nuevo. Pero ahora estamos con los oficios. Hemos hablado de carboneros y a mí no deja de llamarme la atención que el oficio de piconero no se mencione ni siquiera se haga alusión a él en nuestro cancionero local. Yo al menos no he encontrado referencia alguna al respecto. Otros oficios, como el de hortelano, tenían sus inconvenientes:

Todos los hortelanos
son patiabiertos,
por no pisar las matas
de los pimientos.

El de zapatero provoca la ironía de las mocitas:

Me gustan los zapateros
por lo valientes que son,
que se juntan ciento veinte
para matar un ratón.

Y los había hasta un poquito celosos:

Un zapatero celoso
le decía a su mujer
como te pille con otro
te tiro el tirapiés.

Si se les compara con otros salen perdiendo:

Mejor quiero un albañil
en lo alto de un tejao
que a un zapatero chafón
con el delantal manchao.

Eso de chafón hay que explicarlo, ya que es vocablo que no registra el Diccionario. En Doña Mencía un chafón o chafona es una persona descuidada, que hace mal las cosas: "¡ay qué chafona, qué paella más mala ha guisao!". Y chafoná y chafonería, acción propia de un chafón; chapuza, cosa mal hecha: "Esa película es una chafoná", "el arreglo de la calle es una chafonería".

Como oficio especializado, o profesión, podemos citar el de practicante. Hoy se llaman A.T.S., y no sé cuantos hay en el pueblo, pero allá por los años cincuenta no pasaban de dos. Lo de practicante parece que era difícil de pronunciar por nuestra gente, que les era más cómodo decir platicante. En la copla que sigue se hace un bonito juego de palabras, no sé si intencionado o no, entre platicante, plática y platica:

El primer amor que tenga
ha de ser un platicante,
que aunque no tenga dinero
plática tenga bastante.

Uno de los oficios más comunes entre las mujeres de clase humilde era sin duda el de lavandera. Al Pilar de Abajo -la fuente del Ejido valeriana-, acudían diariamente mujeres casadas y mozuelas a lavar metidas en el albercón, al amparo de miradas indiscretas. Pero no tanto:

En el Pilar de Abajo
te vi lavando,
desde aquel mismo día
vivo penando.

Podemos imaginarnos otro escenario: El Camino de la Junta y un remanso en el arroyo de la Plata, muy cerca del puente; la ropa blanquea tendida en la retama y la gayomba; un gozoso y floreado gorjear de pajarillos mientras la mañana se arrebola entre las hojas de los altos álamos. La sierra al fondo, aroma de mejorana, y el cantar de una mozuela:

Que vengo de lavar, de lavar,
que vengo del río, del río,
que vengo de lavar, de lavar
cariño mío.

Y la respuesta enamorada del mocito, que no se hace esperar:

Paso el río, paso el puente,
siempre te encuentro lavando,
¡qué lástima de carita
que el sol te la está quemando!

Un oficio que no abundaba mucho por estos predios era el de oficinista o escribiente. Había pocas oficinas y pocos sitios donde escribir. Despectiva y generalmente eran conocidos como chupatintas y cagatintas, pero en Doña Mencía tenían otro apelativo: el de artistas y artistillas, que les era aplicado principalmente por la gente del campo. Parece existir una contraposición entre unos y otros:

Para los hombres del campo
se crían las buenas mozas,
y para los artistillas
cuatro gatas cenizosas.

No obstante, conviene no fiarse demasiado porque puede haber miras interesadas:

Mi madre lo quiere artista
y yo lo quiero del campo,
que le apaño la talega
y hasta la noche descanso.

Entre la gente del campo figuran mayoritariamente los jornaleros, aquéllos -y aquéllas- que trabajan a jornal. Trabajo tan respetable como el que más. Seguramente que fue un artistilla, poseído de sí, el que provocó esta respuesta tan digna y tan a tiempo:

Me dijiste jornalera
creyendo que era bajeza,
y me pusiste un ramo
de los pies a la cabeza.

Y con los jornaleros y los artistas dejamos de ocuparnos de los oficios y pasamos a hacerlo de los nombrajos -esto es, de los apodos o motes- que a mí, particularmente, me hacen mucha gracia. Yo creo que nadie debería sentirse ofendido si se le nombra por el apodo -salvo que éste sea muy negativo-, pues son mucho más significativos que el propio nombre. Ya D. Juan Valera, hace más de cien años, se sirvió de apodos mencianos para designar a algunos de sus personajes novelescos -don Juan Fresco, Respeta, Respetilla, el maestro Cencias, las Civiles, el Cura Piñón, son apodos mencianos de entonces-; el propio Valera lo confiesa en su correspondencia y en la posdata que añade a su novela Las ilusiones del doctor Faustino. Así, en carta que desde Doña Mencía escribe, en Abril de 1854, a su amigo Serafín Estébanez Calderón, dice: "Pues es de notar y aun de admirar la costumbre y genio de estos naturales para poner apodos; que no lo hay quien no lo tenga; y algunos puestos muy adecuadamente, con tino y chiste. Dicen que esta usanza viene de los moros. Lo que es yo no sé de dónde venga", y a continuación cita y explica algunos de los apodos mencianos de aquel tiempo. También la copla del corro nos da testimonio de ello:

Ay, lerén, lerén, lechuga,
ay, lerén, lerén, cojollos,
la gente de Rompejigos
han partido los Arroyos.

Han partido los Arroyos,
han partido las Jigueras
y la choza le ha tocado
a Luis Alcanzabrevas.

Que cada cual juzgue. He aquí otra relación:

Palillo de retama,
palillo fino,
adónde irá el Gigante
con Quiebrajilos,
con Quiebrajilos
y el de la Marca,
Vicentillo Belaje
y Juan Calabaza.

Ruego que nadie se ofenda. Hablemos de otra cosa. Pienso que la copla del corro no sólo es un exponente claro de poesía, ingenio e imaginación, sino también fuente punto menos que inagotable para el estudio del léxico local, y de multitud de dichos y frases hechas, propios de la localidad. Es lástima que aquella costumbre tan bonita de jugar al corro se perdiera -ya no se inventan coplas-, y con ello dejara de manar la fuente. Pero la reserva es abundante, porque son muchas las palabras que usamos en Doña Mencía que no recoge el Diccionario de la Lengua, y muchas más las que, aun estando recogidas en el mismo, reciben una acepción distinta a la establecida por la Academia, o cierto matiz diferente. Así, por ejemplo, nos encontramos con palabras como artista o artistilla, y chafón, de las que ya nos hemos ocupado, pero hay otras muchas, como, por ejemplo, difrés. Difrés, entre nosotros, es una persona, cosa o dicho extravagante o ridículo: "¿Adónde irá el difrés ese con el paraguas, con el sol que hace?"; "no te pongas ese abrigo, que es un difrés"; "eso que estás diciendo no son más que difreses". Y sus derivados: Difresería, acción o dicho propio de un difrés: "Ese no dice más que difreserías". Difresero, calidad de difrés: "Como es tan difresero todos se ríen de él". Veamos cómo lo recoge la copla:

No me vengas con difreses,
que yo difreses no quiero,
que un novio que yo tenía
lo espaché por difresero.

Otras palabras de uso local son sacamañas, persona mañosa, habilidosa; y argarillón, que se aplica al hombre grande y desgarbado, de las que nos deja constancia la copla:

Mejor quiero un sacamañas,
que en algunas ocasiones
más vale un cuerpo pequeño
que algunos argarillones
.

Pero a la mujer grande y desgarbada no se la llama argarillona, sino estandarte, tremendamente significativo y que a mí, no puedo remediarlo, me hace mucha más gracia: "¿Adónde irá el estandarte de Pepita?". Cebollino, reculo de pepino y prenda -ésta última, cosa valiosa o punto filipino, según la entonación que se le dé-, son otras expresiones a tener en cuenta:

Es mi suegra un estandarte
y mi suegro un cebollino,
y la prenda de su hijo
el reculo de un pepino.

La balandra, según el Diccionario, es una especie de embarcación, pero en Doña Mencía, entre la clase jornalera, se entiende, o entendía hace años, por balandra cierto tipo de azada o, simplemente, el escardillo. Y a la persona que vivía de su uso se la llamaba balandrín.(Ojo, no confundir con malandrín). El trabajo con la balandra es, dentro de la escala de los trabajos agrícolas, de los más humildes y menos especializados. Así, no era extraño escuchar a una madre recomendar a su hija casadera: "Mira tú, te se vaya a ti ocurrir querer a ese balandrín"
Y la niña parece aceptar la recomendación.

Cómo quieres que te quiera
siendo un probe balandrín,
que has de vender la balandra
para mantenerme a mí.

Farsetero y palpetero, son otras palabrejas muy corrientes en Doña Mencía. La primera significa falso, embustero, que actúa o habla con doblez; y farsetería, su derivada. La segunda -palpetero-, pelotillero, adulador. A las dos nos las encontramos en la misma copla:

Aunque lo veas venir
tan risueño y palpetero,
no te fíes nunca de él,
que al remate, farsetero.

Y a farsetería, en ésta:

Anoche me salió un novio
con mucha farsetería,
no sé si quererlo ahora
o dejarlo pa otro día.

Por otra parte, hay ocasiones en que, tanto en el habla coloquial como en la copla, con sólo una palabra se puede expresar toda una compleja oración. Así ocurre con el verbo decir, con el que, con sus distintos tiempos y sin más requilorios, con una acepción que no recoge el Diccionario, se puede hacer -sin decir lo que se dice, valga la paradoja- toda una declaración de amor con todas las de la ley, según he apuntado más arriba. Cierto es que las claves del asunto amoroso varían hoy en día con respecto a las de hace cuarenta o cincuenta años. Entonces se podía preguntar: "¿Se lo has dicho ya a fulanita¬?" o "¿te lo ha dicho ya menganito?", para saber, sin más, de qué iba la cosa. La copla no ofrece dudas:

Un Antonio me lo ha dicho,
y otro me lo va a decir.
¡Caramba con los Antonios
lo que me quieren a mí!

El mocito que también se lo dijo a otra y que cantó la copla siguiente no se puede negar que tenía su miajita de guasa zumbona:

Una vez que te lo dije
me dijites que era chico.
Otra vez que te lo diga
me subiré en un borrico.

En cuanto a modismos, locuciones, dichos y frases hechas, recordemos que ya nos ha advertido la copla de que las buenas mozas son para los hombres del campo, y que para los artistillas quedan "cuatro gatas cenizosas". Es ésta una expresión o modismo con que se alude a personas insignificantes, de poca valía física y moral, en este caso, a mujeres. Pero no crean los hombres que van a escapar de rositas. Recordemos aquella copla que cantaban por nuestras calles los quintos en el día que los medían o sorteaban, y que también se solía cantar en los corros pero con otra toná:

Ya se van los quintos, mare,
ya se van los buenos mozos,
ya se quean por las esquinas
cuatro gatos cenizosos.

Expresiones como "ponerse por las esquinas", "estar quemado" y otras, las encontramos en varias de nuestras coplas:

Te pones por las esquinas
a decir que me has dejao,
bien sabe Dios y tó el mundo
que lo dices de quemao.

Pero para glosar esta preciosa copla quiero echar mano de la autoridad de D. Antonio Machado Álvarez, padre de los poetas Antonio y Manuel Machado, conocido como Demófilo, que fue uno de los primeros estudiosos del folclore en España. Y es que en su obra "Colección de cantes flamencos", editada por primera vez en Sevilla, en 1.881, encontramos notas y cantares que le vienen como anillo al dedo a nuestra copla. Así, en una de sus notas, dice: Ponerse por las esquinas es una bella frase popular, muy común en los cancioneros, y es lo que llaman los eruditos lanzar a los vientos de la publicidad, hacerse visible..." "En las esquinas se ponen los carteles y anuncios..." Y en otra nota: Tener la sangre frita o estar quemado, son dos bonitos modismos populares con que se indica que lo tienen a uno muy fastidiado, con mortificaciones incesantes o continuas, o que está uno lastimado en su amor propio y enfadado y dispuesto a armar pendencia a poca costa..."
En cuanto a lo de bien sabe Dios y tó el mundo, se trata sin duda de otro modismo o frase hecha muy usado en los cantares populares, pues lo encontramos también en la obra citada:

De tus desprecios me río:
bien sabe Dios y tó el mundo
que yo nunca te he querío.

Lo de tener la sangre frita también sale a relucir en nuestros corros:

Si piensas que con eso
me das tormento,
tú te fríes la sangre,
yo me divierto.

Otro modismo muy menciano y muy usado es el que utilizamos para designar a los labradores por mano propia, o de media costilleja como por aquí también decimos, y es el de la gente del mulillo o los del mulillo, que más adelante veremos cómo presumían y siseaban a las niñas en el Salón, pero que ahora se encuentran en el Pilar del Genazar, en otros menesteres:

Se juntan los del mulillo
en el Pilar Genazar
y en vez de darle agua al mulo
se jartan de criticar.

Era, como digo, una expresión muy usada ésta de la gente del mulillo, pero posteriormente, un nuevo y feliz término -topillero- vino a enriquecer el vocabulario local, casi con la misma acepción, pero indicando especialmente a la persona que se dedica de forma desmedida a labrar la tierra, sin otra ilusión y sin que tenga tiempo de hacer o de pensar otra cosa. Esta falta de horizontes quizá sea la razón de que no estén demasiado bien considerados:

Te se fue el tiempo pensando
-a este quiero a este no quiero-
y al final apechugates
con un probe topillero.

Ojo con lo de probe, que en esta ocasión no significa lo mismo que pobre. En Doña Mencía se puede tener mucho dinero y ser un probe... si se cae en la probetería.

Otra frase hecha es y un cuco pa que te cante o, simplemente, y un cuco, con la que expresamos nuestra disconformidad o rechazo a algo que se nos dice o se nos propone. De esta manera, aun en la actualidad, una madre puede replicar a su hijo que le pide diez euros para ir a la discoteca: ¿Que te dé diez euros pa la discoteca? ¡Y un cuco pa que te cante! Pero más claro lo dice la copla:

A mi suegra le regalo
docena y media de guantes,
un rosario pa que rece
y un cuco pa que le cante.

Seguro que la suegra está esperando todavía el regalo.

Cuando una persona está lejos de conseguir aquello que desea y que cree tener al alcance de la mano; o tiene por verdad segura algo que en la realidad no lo es, se la puede desengañar con el dicho "agárrate a las lanas de un perro chino":

Si piensas que por verte
me desatino,
agárrate a las lanas
de un perro chino.

Pero este dicho tiene además una significación especial en Doña Mencía, aunque seguramente la gente joven la desconozca, porque además de hacer referencia al perro chino, esto es, sin pelo, en la copla se alude principalmente a ciertas figuritas de cerámica pulida y brillante -de porcelana, se decía- que allá por los años cuarenta se pusieron tan de moda en nuestro pueblo que rara era la casa en que no había una de estas figuras. ¡Ya tenía que ser difícil agarrarse a las lanas de un perro de esta clase!

Venirle a uno una cosa larga, quiere decir que se le hace pesada y poco llevadera. Pero en Doña Mencía, exageramos un poquito:

Tú la quisites morena
y que tuviera tacones,
y te va a venir más larga
que a un quinto las instrucciones.

La copla que sigue es una cadena de frases hechas:

Gastas mucha potestá,
tienes mucha fantasía
y mucha tierra en la Habana
y poca en Doña Mencía.

A la palabra potestá le damos aquí el significado de orgullo o despotismo. Gastar mucha potestá, tener mucha fantasía y tener tierra en la Habana, es poco más o menos lo mismo, y así nos lo confirma el "Vocabulario Andaluz", de Antonio Alcalá Venceslada: "En la frase tener tierra en la Habana, ser una persona de carácter despótico o pagada de sí". Sin embargo, en nuestro pueblo tiene además un sentido más sutil, como puede apreciarse por la copla citada. Cuando manifestamos que una persona tiene mucha tierra en la Habana, estamos diciendo que tiene muchos pájaros en la cabeza, que no nos fiamos de él porque es una mezcla de fantasioso -mejor, fantesioso- y farolón.
Quizá no haya forma más expresiva, ni más graciosa, para llamar a alguien singracia que decirle que es un güevo sin sal y algo más:

Tú te tienes por que eres
la más guapa de la calle,
y eres un güevo sin sal
y un gazpacho sin vinagre.

Lo de huevo y gazpacho me ha recordado que en aquellos tiempos también se comía. Unos mejor que otros. Vamos a hablar un poco de comidas y de hambre. La gente humilde, entre la escasez y el racionamiento, lo pasaba francamente mal. La copla que sigue, sin que le falte el humor, es un buen exponente del hambre que se padecía:

En el cuartel de la Bomba
han descubierto una mina,
creyendo que era de oro
y era de hambre canina.

El Cuartel de la Bomba, bueno es recordarlo, era una casa de muchos y humildes vecinos en el callejón Angosto.
He aquí una dieta, que casi se corresponde con la que hoy se ha dado en llamar mediterránea, y que, sin embargo, parece que no gozaba de mucho predicamento por aquellos tiempos:

Sí, sí, sí,
no, no, no,
viva el mocito que come
por la mañana melón,
por la mañana melón,
al mediodía gazpacho,
por la noche cachorreñas
¡cómo estará ese muchacho!

Cuando aprieta el hambre la escala de valores se simplifica:

Dices que no me quieres
¡maldita pena!
que en comiendo gazpacho
barriga llena.

Es, con otras palabras, lo mismo que reza el refrán: "los duelos con pan son menos".
La subida del pan puede representar un drama:

Vaya moda que han sacao
del pan a nueve pesetas,
que nos vamos a quedar
como pájaro en loseta.

Como pájaro en loseta es un símil muy gráfico que hace referencia a un artilugio que se utilizaba para cazar pájaros. La loseta era una especie de trampa, hecha con tres o cuatro pequeñas lajas de piedra, en la que el pájaro quedaba atrapado, encerrado y poco menos que aplastado.

Con la nefasta moda de subir el pan, dejamos lo de la comida y el hambre y pasamos a hablar de otras modas más apetecibles.

Empecemos con las distintas modas de pelado o peinado, femenino lógicamente, pues el masculino se limitaba poco más que a pelado "a raya", a "media paja" y "al cero" o "arrepatute". En ocasiones es posible que la moda fuera demasiado atrevida y muchas clases de peinado -el turbante, la onda...- no agradasen al novio o pretendiente:

Mi amante se va al servicio,
se va y me deja
porque me hago el turbante
hasta la ceja.

Y yo le digo tonto,
tonto, tontillo,
si no me hago el turbante
me hago el flequillo.

Si no me hago el flequillo
me hago la onda,
porque no eres tú sólo
el que me ronda.

Si no me hago la onda
me hago la raya,
porque no eres tú sólo
el que me agrada.

El quiriquí, aunque el Diccionario no lo diga, es esa especie de colita que las mujeres se hacen, y hacen a las niñas, en lo alto de la cabeza:

Ay no, ay sí,
que me gusta la flor de lí
que llevas en la cabeza
puesta en el quiriquí, quiriquí.

Estas modas, que podríamos llamar tradicionalmente españolas, tenían paso. Con lo que no se podía transigir era con ciertos esnobismos, supongo que inspirados en costumbres francesas, como el pelado a lo garsón, que se introdujo en nuestro pueblo allá por los años cuarenta y cincuenta. Estas son las consecuencias:

Todo esto lo retrae
el pelado a lo garsón,
la niña llora que llora
y el novio dice que no.

Otras modas, o formas de peinado, como la permanente, además de ser caras parece ser que eran poco efectivas:

Ya se pasó el carnaval
y novio no me ha salío;
yo me eché la permanente:
veinte duros que he perdío.

Como tampoco daban resultado la melena, el caracol... Esta canción que sigue se solía cantar mientras se columpiaban las mozuelas, empujadas por los mozuelos. Eran las llamadas coplas del columpio. Yo no llegué a conocer esta costumbre, pero me lo han contado. Los columpios se hacían en ciertas calles estrechas, en los días de carnaval, enganchando las cuerdas de balcón a balcón:

La niña de la melena,
de la melena cortada
no se ha ido con el novio
porque no le ha dicho nada.

La niña del caracol,
del caracol en la frente
no se ha ido con el novio
porque no le ha dicho vente.

Dejamos los peinados y pasamos a ocuparnos de otras modas, algunas de las cuales siguen estando de actualidad, como la copla que las critica:

Vaya moda que han sacao
los niños en Doña Mencía,
con el cigarro en la boca
y el culero todavía.

Lo impensable era que, pasado medio siglo, es decir, hoy, esta copla se pudiera aplicar, y quizá con más propiedad, también a las niñas.
Los mozuelos también tenían otras debilidades, y algunos caían en la de dejarse el bigote. Que se lo dejara un civil no era extraño, sino incluso normal, aunque tenía sus inconvenientes:

Un beso le di a un sivil
¡josú qué cosa más rara!
Se le enreó en el bigote
y no le llegó a la cara.

En Doña Mencía, la verdad sea dicha, la moda de dejarse el bigote no hizo tanto furor entre los mocitos como en otros pueblos colindantes, como pueden ser Carteya, Cabra y Baena. Pero seguramente fue por la advertencia de la copla que sigue. Personalmente, confieso que yo nunca me dejé bigote, por si acaso:

De Madrid han traído, sí,
mierda en un bote
pa juntarle a los mozos, sí,
en el bigote.

Así, cualquiera se atrevía. Vamos a ocuparnos ahora del atuendo, vestido y tocado. Una canción muy antigua, pero que se siguió cantando hasta última hora en los corros:

Con la mantilla te quiero,
con la madroñera, no.
Quítate esa madroñera
que te lo pido por Dios.

Que te lo pido por Dios,
que no te voy a querer,
quítate esa madroñera
que te voy a aborrecer.

En otras versiones, se dice toquilla en lugar de mantilla. Ésta aún se sigue utilizando en ciertas festividades y celebraciones, como pueden ser Semana Santa y bodas. En cuanto a la madroñera, creo que ya no se utiliza prácticamente en ningún sitio.

Otra prenda femenina muy usada y que también estuvo muy de moda es el delantal:

Con los delantales blancos
y los petos hacia arriba,
que parecen enfermeras
del hospital de Sevilla.

Del hospital de Sevilla,
que parecen enfermeras,
con los delantales blancos
que me gastan las mozuelas.

Así se criticaba a algunas mocitas:

Para hacer un delantal
necesitas a tu madre,
y para hablar con el novio
no necesitas a nadie.

Y así se disimulaba:

Cuando dos se están queriendo
y no se pueden hablar,
él le guiña los ojillos
y ella muerde el delantal.

Si entre las mujeres se puso de moda el delantal, entre los hombres, especialmente entre la gente del mulillo -aquéllos que dejamos en el Genazar, dándole a la lengua- lo fueron otras prendas, como, por ejemplo, la pelliza. La copla que sigue constituye por sí sola un curioso cuadro de costumbres:

Qué pellizas más bonitas
venden Juanito y Susín
para la gente el mulillo
que les gusta presumir.

Que les gusta presumir,
se junta una reunión,
para lucir las pellizas
se meten en el Salón.

Le sisean a las niñas
que es lo que saben hacer
y aluego no son capaces
de pretender a una mujer.

En otras versiones, en lugar de sisearle a las niñas, los del mulillo se juegan los cafés, pero la conclusión es la misma, su incapacidad para pretender a una mujer.
La blusa era otra prenda masculina, usada casi tanto por la gente del pueblo como por la del campo. El estrenarla, no era cosa corriente y, por lo que se ve, daba cierta autoridad:

Los mocitos de este pueblo
cuando estrenan una blusa,
se ponen en las esquinas:
ésta quiero, ésta me gusta.

Las rubias tenían que tener mucho cuidado con ciertos vestidos:

Desde que vino la moda
de los vestidos granate,
todas las rubias parecen
huevos fritos con tomates.

Entre los hombres el tocado más corriente era la boina y la gorra o gorrilla:

Eres mu chulo pa andar
y ponerte la gorrilla,
pero pa trabajar
tienes mu mala costilla.

Si el de la gorrilla tenía ese defecto, el de la boina era lelo:

Ese de la boina
parece un tonto,
que me mira y se ríe
y se le cae el moco.

Una competencia entre la gorra y el sombrero:

El de la gorra que corra,
el del sombrero, ligero.
Más me gusta el de la gorra
que tiene mucho salero.

Pero este saleroso de la gorra, seguro que no era el famoso aquél de la gorra de cuadros:

El de la gorra de cuadros
si no lo sacan se muere,
porque le ha dicho la novia
tres veces que no lo quiere.

Tres veces que no lo quiere.
tres veces que lo ha querío,
el de la gorra de cuadros
es un tío esaborío.

Una referencia al sombrero y a cómo se le daba planta, en esta preciosa copla:

Te pones en las esquinas
a darle planta al sombrero,
pa qué le das tanta planta
si sabes que no te quiero.

Otra prenda que se puso de moda, pero que no estaba al alcance de todo el mundo, era la gabardina. El sólo poseerla daba cierta autoridad y prestigio. Las mozuelas que tenían la suerte de tener novio con gabardina estaban de enhorabuena. Las que no tenían esa suerte...

Están que rabian,
están que trinan
porque no tienen novio
con gabardina.

Lo que pasa es que no todo el mundo podía costearla:

La gabardina Marcial
no es suya que es emprestá,
que es del Primo Rivera
que la puede costear.

Pasado algún tiempo su uso se hizo más corriente, incluso para algunos de la clase menos pudiente, pero como la gente no calla ná, así lo criticaba:

Si lo ves con gabardina
no le digas señorito,
que viene de la estación
de facturar un borrico.

De la estación y con gabardina venían también aquellos mencianos que habían tenido que emigrar, habían encontrado trabajo fuera, y llegaban de visita al pueblo después de algunos años de ausencia. Con el tiempo, cuando estas visitas se hicieron más frecuentes, sobre todo con motivo de la feria de Jesús y de la Semana Santa, y venían a parar en casa de los familiares, se les conoció con el significativo nombre de vaciaorzas. Pero aquéllos primeros se distinguían sobre todo por lo bien que hablaban y por lo cambiado de su atuendo:

Ya no hay quien te conozca
sin la boina,
hablando tan finoli
y con gabardina.

Seguro que el finoli de la copla traería también su corbata y su reloj encasquetaos. Pero el uso de la corbata, aunque estuviera bien visto, era más bien cosa de los artistillas. Seguramente por eso este mocito se lo tomaba a guasa:

Si tu madre no me quiere
porque no tengo corbata,
otra vez que vaya a verte
me colgaré una alpargata.

Con el mismo recochineo se expresaba éste:

Si tu madre no me quiere
porque no tengo reloj,
otra vez que venga a verte
me colgaré un colaor.

Y, hablando de relojes, ya va siendo hora de ir echando la despedía, como era costumbre hacer en los corros:

Allá va la despedía,
la que el cura echó en el coro,
que la que cante otra copla
que se le muera su novio.

 

 

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© Antonio Cantero Muñoz