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DON JUAN VALERA Y DOÑA MENCÍA: Doña Mencía el pueblo de don Juan Valera. Capítulo I ¿de donde es Juan Valera?

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Publicado por Cesar Sánchez Romero en el libro titulado Doña Mencía el pueblo de Don Juan Valera, Doña Mencía 2005, Capítulo I ¿de donde es Juan Valera? pp. 19-36.

La causa que Valera, el escritor, naciera en Cabra y no en Doña Mencía, es un tanto polémica y oscura, porque aunque en Cabra argumentan que el matrimonio Valera y Alcalá-Galiano aparece avecindado en la casa nº 2 de la calle San Martín durante los años 1825 a 1829, acompañao de la madre y del primer hijo de la marquesa -Dª Isabel Pareja y don José Freuller- así como de doña Carmen Escalera (la tía Carmen), Doña Mencía puede aportar la documentación de que don José Valera, el padre de don Juan, estaba oficialmente desterrado por orden del rey Fernando VII, en Doña Mencía, su pueblo natal, por motivos políticos, desde fecha muy anterior Y también en el padrón de Doña Mencía, de 1921 aparece “D. José, el Marqués” avecindado en la calle Llana, y en el de 1834 aparece avecindado también en Doña Mencía en la calle Espíritu Santo u Hospital. En septiembre de 1833 don José Valera otorga testamento en Doña Mencía, ante el escribano público don Luis Fernández Ruiz[1]. Y en los padrones de Doña Mencía, a partir de 1822, aparece cambiado el nombre de la calle que da frente por frente con la casa solariega del marquesado de la Paniega, la calle Pósito, por el de calle de la Marquesa -¿por capricho toma el Ayuntamiento esta resolución, o por homenaje a la marquesa, doña Dolores, madre de don Juan, por haber abierto nuevamente la casa, cerrada durante mucho tiempo?-. También en los padrones parroquiales de Doña Mencía aparece, en los años 1833 y 1840, domiciliado en la calle Peñuelas don José Freüller -el hijo que doña Dolores tuvo con el brigadier suizo don Santiago Freüller, que a la muerte de su madre heredó el marquesado como V marqués-. Y en el padrón de 1837, sin embargo aparece dicho señor avecindado en la calle del Hospital o Espíritu Santo. También consta el testimonio oral de la familia menciana de comadronas que sostienen que la marquesa vivía en Doña Mencía y fue a dar a luz a Lucena por motivos de mejor asistencia, y que en el camino, ya en las inmediaciones de Cabra, se puso de parto y urgentemente se le trasladó a casa de su madre en Cabra. La citada casa de don Francisco Alcalá-Galiano y Venegas, II marqués de la Paniega, que aunque natural y vecino de Doña Mencía, había trasladado su residencia a Cabra a partir de haber contraído matrimonio con doña Basilia Romero y Flores, natural de Lucena. Este señor era el propietario de la citada casa de la calle San Martín de la villa de Cabra.
Otro testimonio irrefutable de que don José Valera y Viaña vivía en Doña Mencía, así como su esposa doña Dolores Alcalá Galiano y Pareja, es esta referencia que transcribo de un menciano contemporáneo de los marqueses de la Paniega, y además atento minucioso observador de los acontecimientos importantes que acaecían en el pueblo de Doña Mencía, como es el historiador local del siglo XIX, Montañez Lama, que refiriéndose al pleito por el patronazgo de la hermandad de Semana Santa, de Nuestro Padre Jesús Nazareno, que existía en la localidad, y que mantenían don José Freüller, V marqués de la Paniega, contra sus parientes la familia de los Muñoz, dice, de pasada, en uno de los párrafos: “Ni el marqués consorte, doon José Valera, Brigadier de Marina que se retiró a Doña Mencía y vivió aquí muchos años, ni a su muerte la marquesa viuda, doña María de los Dolores Alcalá-Galiano que se estableció en el pueblo y vivió en él hasta su desgraciada muerte en las inmediaciones de París, pensaron nunca reclamar derechos que habían abandonado”[2].

Antiguo escudo de Doña Mencía que se encuentra en el Pilar de Abajo, lugar que don Juan Valera cita en varias de sus obras.

Por otra parte, en la familia Valera siempre ha estado muy presente sus orígenes mencianos y su cariño por este pueblo. Recientemente, con motivo del 85 Aniversario de la muerte de don Juan Valera, a su nieta doña Dolores Serrat Valera, le hicieron una entrevista en la emisora de la SER de Córdoba en la que declaró, entre otras cosas, textualmente, lo siguiente: “a mi abuelo le gustaba muchísimo su tierra. Le encantaba venir a Doña Mencía. Y hay cartas suyas que se escribía con un señor de aquí, amigo suyo -se refiere a don Juan Moreno Güeto-. Y que él deseaba .... hay momentos en que él deseaba tanto venirse al pueblo, y dedicarse aquí a labrar un poco las fincas, y a quedarse aquí leyendo y filosofando... eso era un deseo suyo...”. Y más avancada la conversación dice: “...yo soy vecina de Doña Mencía, estoy empadronada en Doña Mencía, y aquí se me conoce por la señora del Alamillo...”. Y más adelante: “yo vivía en Madrid pero pasaba aquí -en Doña Mencía- muchas temporadas, lo que pasa es que, ahora, con 83 años, y mi familia lejos, pues naturalmente vengo ahora mucho menos. Pero a mi me pasa lo mismo que le pasaba a mi abuelo, que me encanta estar aquí en Doña Mencía...”.
Posiblemente, por causas que desconocemos, los padres de don Juan Valera convivieron unos años con doña Isabel Pareja -abuela de don Juan, por parte de madre-, en la ya citada casa de la calle San Martín de Cabra, o bien alternaban esta cohabitación con su casa de Doña Mencía. De todas formas quiero dejar bien claro que para la defensa de la mencianidad del célebre escritor esto es irrelevante, puesto que está bien documentado por los padrones de Doña Mencía que, por lo menos, desde 1832 esta familia vivía en Doña Mencía, por lo que podemos sostener con rotundidad que, don Juan, desde su niñez – pues contaría con unos seis años -, vivió en Doña Mencía y aquí tuvo su casa definitiva hasta el año 1884 en que tomó posesión de la embajada de Washington, y ya no volvió más por estas tierras[3].
Es curioso que Juan Valera manifieste su mencianismo hasta en cosas que aparentemente no tienen importancia, pero que cuando se medita sobre ello, y se quiere encontrar las causas, se ven muy claras. Me refiero al trato un tanto distante y frío que usa con su ciudad natal Cabra y con sus “paisanos” los egabrenses. Sobre todo, en su correspondencia, y en especial la familiar. Yo he oído referir que este concepto que tiene Valera de sus “paisanos” causa a éstos gran estupor. Y alguno ha querido justificarlo diciendo o declarando que Valera,por motivos de sus cargos diplomáticos, estuvo alejado del pueblo egabrense. También algunos lectores atentos de la epistolografía de don Juan se extrañan sobremanera que este autor hablara tan despectivamente de “sus paisanos”. Este estupor puedo explicármelo en el pueblo llano de Cabra, que probablemente sabe poco de su escritor “paisano”, pero que ello ocurra entre egabrenses de relieve intelectual, a los que doy por buenos conocedores de la obra valeriana, al que le causa estupor es al que escribe estas líneas. Supongo, que por su nivel intelectual, habrán leído también algunos libros de correspondencia de Juan Valera. Si ello es así, como siguen sosteniendo que Valera vivió en Cabra, cuando en toda su correspondencia queda clarísimo que no vivió en Cabra y sí en Doña Mencía, que era en verdad su verdadero pueblo, porque era donde sus padres vivían y tenían casa abierto – sobre todo don José, el padre -, que tuvo su residencia en Doña Mencía hasta su muerte, y de donde provenían todos sus antepasados. Esos sí son los verdaderos orígenes mencianos de Valera, y no egabrenses, como algún autor nos quiere hacer creer. Por eso Valera se manifestaba así sobre Cabra y los egabrenses, porque se sentía menciano, y todos sabemos de las pequeñas rivalidades que siempre han existido entre pueblos vecinos. ¡Hasta en eso demostraba ser menciano don Juan Valera!.

Bonita foto de Doña Mencía después de una nevada.

Y ya que estamos hablando de estupores, El mayor estupor es el que me produce al leer en bastantes biógrafos de Valera, que con una alegría sin límites, consignan que cuando Valera volvía de sus misiones diplomáticas “se retiraba a descansar a su ciudad natal, Cabra”. Y a renglon seguido comienzan a citar cartas de Valera fechadas en el pueblo de Doña Mencía, o refiriéndose a sus familiares en Doña Mencía, en especial a su padre, que fue el que más tiempo permaneció en Doña Mencía atendiendo el patrimonio familiar. Pongo en entredicho que estos biógrafos se hayan leído la abundante e interesante correspondencia de Valera, porque si de verdad se la han leído, todavía mi estupor sube a lo superlativo. ¿Cómo se casa eso de que un señor vive en un lugar y fecha las cartas que escribe desde otro lugar?, ¿cómo se explica que viva en Cabra y escriba las cartas desde Doña Mencía?. ¿Acaso es que la estafeta de correos del partido estaba en Doña Mencía?. Me consta que no. Entonces, ¿a que se juega?. ¿Tan a la ligera se escribe en este país?.
Se me puede objetar que don Juan Valera también fechó cartas desde Cabra. Y es verdad. Pero si se leen con atención estas cartas, que casi se cuentan con los dedos de la mano, se podrá comprobar que las escribe desde la casa de su primo Joaquín que lo ha invitado a pasar unos días en Cabra. Ya tocaré más adelante en este trabajo, con más detenimiento, el origen de estas cartas.
Como se puede escribir y sostener tan desenfadadamente que don Juan Valera iba de vacaciones a “su casa” de Cabra cuando el mismo escribe[4]: “Así continúan los versos y de aquí no pasan hasta ahora, y ya siento no haberle dicho a usted el principio, porque con el fragmento que iba en mi anterior y con el presente, no se forma idea cabal de mi composición; pero ya así que la concluya, la oirá usted toda de viva voz en esa ilustre villa de Doña Mencía”. O cuando dice[5]: “tengo tiempo, aunque escaso, para ir a visitar a mi señor padre, que vive retirado y filosóficamente hundido en la ilustre villa de Doña Mencía”. O ese párrafo[6]: “Estuve en mi tierra (es decir Doña Mencía, adonde pasé desde Andujar) unos quince días, luego fui a Málaga, donde estaba mi madre, de Málaga a Granada, de esta ciudad a Málaga otra vez, donde, esperando vapor, se me fueron de doce días”. O este otro[7]: “Espero que te mejores y que nuestros negocios domésticos anden mejor, a lo que contribuiré cuanto pueda, gastando lo menos posible, y si es necesario, retirándome a Doña Mencía”. O este[8]: “Veces hay, y son las más, que entiendo sería lo mejor irme a Doña Mencía a hacer el Cincinato y dejarme de quebraderos de cabeza, proyectos de ambición y castillos en el aire; que bien se me pudiera comparar con don Quijote, que ha salido a buscar aventuras en detrimento de la salud y hacienda y sosiego de su alma”. O este otro[9]: “Yo, para descender del diplomático que soy, a oficinista o escribiente de algún ministerio, prefiero irme a Doña Mencía”. O este[10]: y dado que para nada sirve, irme buenamente a esa ciudad (Granada) o a la ilustre villa de Doña Mencía”. Tambie este otro[11]: “Saldré para Cádiz; de Cádiz iré a Sevilla, en siete horas por el vapor, desde allí a Écija en la diligencia, de Écija a Doña Mencía, donde estaré con papá quince o veinte días, luego a Málaga a dar las gracias y tomar órdenes de mis electores, y por último a Granada”. Y este[12]: “Querida hermana mía: Ayer recibí carta de mamá y tuya, con fecha 10, atrasada sin duda, pues Ramona me escribe desde Doña Mencía y su carta es del 12”. Y más adelante en la misma carta refiriéndose a Lisboa: “Las calles y los paseos estan desiertos y silenciosos, y unas veces me creo en Pompeya, otras en un pueblo de Castilla, y hasta en Doña Mencía me pudiera creer si no echase de menos a mi padre, el cura y a don Juan de Mata, que son mas entretenidos que Vera”. También este otro[13]: “casí me sería conveniente ire a Doña Mencía. Luego pienso que haría yo en Doña Mencía, y vuelve a mi mente el pensamiento literario, y me imagino que estoy en el lugar, escribiendo diálogos filosóficos y discursos sobre economía, y vengo, por último, a parar otra vez en la historia de la casa de Austria, y me escapo de Doña Mencía, como don Quijote de su aldea... Esta decidido – digo entonces otra vez – es preciso que yo me meta en Doña Mencía”.

Imagen actual de la portada de la antigua Iglesia Dominicana, donde la familia de don Juan Valera poseían la capilla de Santo Domingo de Guzmán.

.Podría seguir entresacando citas y citas, solamente de su correspondencia, casi hasta el infinito. Pero como botón de muestra creo es suficiente. ¿Se puede seguir, pues, sosteniendo que Valera vivía en Cabra, y tenía casa en Cabra, con estas pruebas irrefutables facilitadas por el propio personaje?.
De todo lo que vengo diciendo se deduce que, Juan Valera, fue menciano por vecindad. Fue menciano por sentimiento. Fue menciano por sus padres (don José era natural de Doña Mencía, y doña Dolores, su madre, descendía de mencianos y ostentaba un título nobiliario originario de Doña Mencía). Fue menciano porque le respaldaban doce generaciones de Valeras mencianos, así como también por parte de su madre, que era una Alcalá-Galiano. Los Alcalá fueron una de las primeras once familias que formaron este pueblo de Doña Mencía en sus inicios fundacionales en el siglo XIV, y durante toda su historia miembros de esta familia tuvieron cargos relevantes en la vida local y en el Estado de Sessa.
También los Alcalá-Galiano guardan un recuerdo grato de sus orígenes mencianos. El célebre don Antonio Alcalá-Galiano y Villavicencio, hijo del heroe de Trafalgar, dejo escrito[14]: “Si consulto antiguos documentos, desciendo, por el lado paterno, de un Guillén de Alcalá, personaje de cuenta en el siglo XII. Este apellido se unió en el siglo XVI con el Galiano, que lo era de familia ilustre del reino de Murcia. en el mismo siglo se fundó mayorazgo por mis antepasados en la villa de Doña Mencía, provincia de Córdoba, donde está mi casa solariega, quedando hecho de Alcalá y Galiano un solo apellido compuesto, que había de tomar quien heredase la vinculación de la casa”.
En este contencioso, Cabra solo puede aportar una partida de bautismo – de lo que inmediatamente haré una observación curisoa-. La posibilidad – que no descartamos- de que la marquesa se quedara unos años viviendo con su madre, doña Isabel Pareja, viuda ya, mientras don José, el padre, iba y venía a Doña Mencía. Y la buena relación persona que don Juan tenía con numerosas personas de Cabra, ya que muchos de sus familiares y amigos mencianos habían trasladado su domicilio a esta población, por causas evidentes de más comodidad en el plano físico y mejores relaciones sociales y políticas. Cosa que sigue hoy ocurriéndole a infinidad de mencianos. Salto, que por otra parte, tampoco era definitivo, pues sus aspiraciones eran mayores y con el tiempo también emigraron de Cabra a otros lugares de España.
Hay un viejo y atinado refrán castellano que sentencia: “No se es de donde se nace, sino de donde se pace”. Porque nacer se puede nacer por accidente, necesidad, conveniencia... o mil imponderables, fuera de la tierra de uno y de sus antepasados, lo cual no deja de ser un acontecimiento poco relevante en la vida de un individuo. Hace unos años todos los niños de Doña Mencía y de pueblos colindantes nacían en la Residencia Sanitaria Infanta Doña Margarita de esa población, eran inscritos obligatoriamente en el Registro Civil de Cabra. Si alguno de estos niños, cuando sea mayor, llega a ser figura destacada, por la misma razón que ha ocurrido con nuestro paisano Juan Valera, dirán los egabrenses que es de Cabra. ¡No necesita más comentarios!.

Vista de la Paniega, tierras que fueron propiedad los antepasados maternos de don Juan Valera.

Marguerite Yourcenar, en su obra “Memorias de Adriano”, dice lo mismo que el refrán castellano que acabamos de citar, pero de una manera culta y fina: “El verdadero lugar del nacimiento es aquel donde por primera vez nos miramos con una mirada inteligente”. Y es verdad. La sabiduría popular manifiesta que “la infancia es la patria de las personas”. Y muchos autores se manifiestan en este sentido. Arturo Pérez Reverte escribe[15]: “Quizá porque la verdadera patria de un hombre es su niñez...”. Y el gran poeta centroeuropeo Rainer María Rilque afirmaba con rotundidad: “La patria del hombre es su infancia”.
Hay infinidad de referencias a personajes célebres que podríamos traer a colación para refrendar lo que venimos diciendo. Por inmediato a nosotros, podemos citar como botón de muestra, el del escritor Antonio Gala. Nació en Brazatortas (Ciudad Real), el 2 de octubre de 1936, donde su padre ejercía la profesión de médico. Sin embargo él declara siempre ser cordobés, puesto que sus padres eran cordobeses, y él comenzó a vivir en Córdoba desde su más tierna infancia, o sea, donde por primera vez miró con una mirada inteligente, parodiando a la escrituora Yourcenar. Iten mas, podemos citar también, por lo actual y glamuroso, como se dice ahora, el caso de la artista de cine australiana Nicole Kidman. Nació esta artista en Hawai donde sus padres vivieron un tiempo, pero nadie dice que sea hawaiana, incluso la gente de la calle ignora este detalle. Todo el mundo dice que es de Australia, incluso ella misma, pues de allí son sus padres, y donde residen habitualmente. Y por citar otro caso que refuerce lo que venimos diciendo es el del cantante español Alejandro Sanz, que aunque nacido en Madrid, sus padres son de la localidad gaditana de Alcalá de los Gazules. Recientemente declaró a una revista que él se sentía gaditano por encima de todo, porque “los gaditamos nacemos donde nos da la gana” fueron sus palabras textutales. Suúm quinque -a cada uno lo suyo-, como dijo el cláisco latino.
Viene este pequeño preámbulo a fortiori al caso de nuestro escritor paisano Juan Valera, del que muchos lectores inteligentes y observadores, que se acercan a su obra escrita, cuando terminan de leerlo se preguntan perplejos: Pero, por fin, de dónde es don Juan Valera, ¿de Doña Mencía o de Cabra?. Porque muchos dicen que es de Cabra, y que su partida de nacimiento esta registrada en Cabra, y en Cabra -dicen los egabrenses-, esta su casa. Sin embargo su correspondencia y gran parte de su obra novelística, y de sus cuentos, retratan el paisaje de Doña Mencía, y sus personajes son también mencianos y no de Cabra.
Una de las excepciones en que Valera retrata los escenarios de Cabra es en su novela Pepita Jiménez. Y curiosamente, dos de los principales personajes de la obra, son mencianos. La propia Pepita Jiménez en la ficción, era su tía Dolores Valera en la vida real, nacida en Doña Mencía. Don Gumersindo, en la novela, era don Casimiro Valera en la realidad, tío-abuelo de doña Dolores y natural también de Doña Mencía.
¡Y si nos vamos a su copiosa correspondencia, qué habremos de decir!. Y habría que abundarles a estos lectores atentos y probablemente ignorantes de los ancestros del escritor que nos ocupa, que se remontan en Doña Mencía a cerca de doce generaciones. Concretamente, desde la fundación del pueblo por el Mariscal de Castilla don Diego Fernández de Córdoba, allá por el año 1415, siendo siempre sus ascendientes, tanto por su padre como por su madre, personas principales de Doña Mencía, como dejamos consignado más arriba.
Es verdad que nace físicamente en Cabra por avatares familiares que ya hemos citado, pero puedo adelantar que el escritor Juan Valera jamás tuvo en Cabra casa en propiedad. Ni supadre. Y, posiblemente, ni siquiera su madre[16]. En dos ocasiones, habiendo ya cumplido los cincuenta años, y porque sus familiares más allegados y amigos mencianos más cercanos se trasladaron a la vecina Cabra a residir, decidió él hacer lo propio para “atender desde allí -dice el propio Valera- el pequeño patrimonio que poseo en Doña Mencía heredado de mis padres”. Estas dos ocasiones o tentativas se quedaron en eso, en tentativas, pues fueron al fracaso, como más adelante iremos desglosando.
El mismo Valera no se refería a Cabra como su pueblo, sino con la expresión mi ciudad natal. Sin embargo al referirse a Doña Mencía decía siempre mi lugar, mi tierra o la ilustres villa de Doña Mencía. Tanto en su correspondencia como en sus obras literarias. Marcando, como vemos, una diferencia notable de intención.
Y esta diferencia también la hace notar en la manera de ver a los dos pueblos. En una carta de fecha 29 de octubre de 1883, escrita desde Cabra -donde pasaba unos días invitado por su primo Joaquín, junto con sus dos hijos Carlos y Luis-, y dirigida a su hija Carmencita, le dice en uno de los párrafos: “Tengo ya grandísimo deseo de que tu mamá halle casa, donde quepamos todos. En cuanto la halle y me lo avise, iré yo por ahí con tus hermanos. Estos se divierten mucho en Doña Mencía, aunque el lugar es de lo más feo que puede imaginarse: pero la gente es buena y obsequiosa y los tratan como si ellos fuesen unos principitos: lo cual a ellos le agrada mucho. Aquí, en Cabra, ya es distinto. Cabra es bonita, pero tiene a la vez todo lo malo de una ciudad y todo lo malo de un lugar pequeño. La gente aquí es casi y sin casi tan grosera y rústica como en Doña Mencía, pero soberbia y presumiendo de ilustrada”. Y en carta desde Doña Mencía dirigida a su madre doña Dolores Alcalá-Galiano de fecha 23 de julio de 1850 le dice: “Mañana voy a Cabra con Ramona; todos me dicen que me van a dejar admirado la hermosura y adelantos, civilización y riqueza de aquella flamante ciudad; pero yo estoy casi seguro de que aquello estará poco más o menos como yo dejé, salvo alguna más presunción en sus habitantes, que, dándolas de cultos ciudadanos sin haber dejado de ser rústicos y villanos, estarán más insufribles que nunca”.

Otra imagen de Doña Mencía bajo la nieve, con la Oreja de la Mula al fondo.

Que vivió los mejores años de su infancia, los postreros, en Doña Mencía no se pone hoy ya en duda, puesto que todos los recuerdos de su niñez, adolescencia y juventud que vertió en su obra literaria, todos sin excepción se refieren al paisaje y paisanaje de Doña Mencía y no de Cabra. Y por encima de toda argumentación documental basada en algunos datos irrelevantes, sacados de los archivos de una decimonónica administración, corrupta en todas sus parcelas y estamentos, y sobre todo en lo local, donde se hacía lo que el cacique, el dinero, o al poderoso convenía, alguien ha pretendido demostrar ex-catedra lo indemostrable, antes tantas pruebas en contrario de la propia vida de don Juan Valera. Una, contundente, de su puño y letra, es la carta a don Heriberto García de Quevedo, que ya hemos citado más arriba, de fecha 17 de mayo de 1847, escrita desde Nápoles (tenía a la sazón Valera 23 años) que dice así: “Estuve en mi tierra -(es decir en Doña Mencía, donde pasé desde Andújar) unos quince días; luego fui a Málaga, donde estaba mi padre; de Málaga a Granada, de esta ciudad a Málaga otra vez, donde esperando vapor, se me fueron más de doce días; por último el 3 embarqué”[17] ¿Se expresa así un joven por una tierra, en la que no ha vivido desde siempre, o al menos desde “donde por primera vez se mira con una mirada inteligente”, parafraseando una vez más a la aguda escritora Yourcenar?. Y no es esta muestra única. Podríamos traer a colación infinidad de ellas, tanto de su propia correspondencia como de su obra literaria propiamente dicha. Y para reforzar el párrafo de la anterior misiva, si se me permite, escojo otro párrafo. Esta vez tomado al azar de su amplia obra literaria. Está sacado de la Introducción de su novela “Las ilusiones del Doctor Faustino” (tenía entonces nuestro escritor 50 años): “Desde hace años, lo confieso, ando siempre diciendo que me voy a mi lugar, que deseo vivir allí, tu prisca gens mortalium, cuidando del pobre pedazo de tierra que me dejó mi padre en herencia, y casi haciéndole arar yo mismo por mis bueyes, como Cincinato y otros personajes gloriosos de las antiguas edades. Esto lo decía yo, y lo digo, con sinceridad, hallando preferible a todo, aquella descansada vida, deseando ser uno de los pocos sabios que en el mundo han sido, y no cumpliendo, sin embargo, mi deseo, cuando al parecer solo de mi depende cumplirse y satisfacerle. Ahora comprendo y noto las diferencias con que hasta para cumplir tan modesto deseo tropieza el más desembarazado y decidido, y perdono a los que hablan con amor y con saudades de la vida rústica desde el bullicio de las grandes poblaciones, y pido perdón para mi y que se considere que no es falsa esta ternura entrañable con que vuelvo los ojos y el ánimo al rincón tranquilo e ignorado donde están los majuelos que crió mi pare y el plantonar que, a fuerza de fatigas y apuros, vio crecer y medrar, hasta que, llenos de vigor y lozanía, empezaron a dar abundante fruto”.
El entusiasmo por su tierra, Doña Mencía, es otro rasgo característico de su mencianidad. Como buen menciano su tierra es la mejor del mundo, según él mismo confiesa en su novela ya citada “Las ilusiones del Doctor Faustino”. Paseando con uno de sus personajes preferidos, don Juan Fresco, protagonista en ésta -¿el propio autor?- escribe: “Cuando yo estaba en Villabermeja[18] solía dar largos paseos por las tardes con don Juan Fresco, viniendo luego a reposarnos los dos en un sitio llamado la Cruz de los Arrieros, a la entrada del lugar. Esta cruz de piedra tiene un pedestal de piedra, también, formado de gradas o escalones. Allí al píe de la cruz, nos sentábamos ambos. Desde la Cruz de los Arrieros sostenía don Juan Fresco que se disfrutaba de la vista más hermosa del mundo. Yo le sonreía y le miraba con atención para ver si se burlaba al afirmar aquello. En su rostro no se notaba la más ligera señal de que hablase irónicamente o de burla. Era, sin duda, una alucinación patriótica...”.
“Pasado un poco el éxtasis de don Juan, no pude menos de decirle:- Confieso con franqueza que cada día me maravillo más del sincero entusiasmo que tiene V. por Villabermeja. Se comprende que por ser el pueblo de V., le guste más que ninguno tros, que vida V. en él contentísimo, que prefiera esta rustiquez a todos los esplendores y a todas las elegancias de Madrid o París. Lo que no se comprende es la ceguedad con que un hombre que no es como muchos bermejinos, que jamás salieron de aquí, sino que ha visto la más bellas comarcas del Globo, se empeñe en sostener que este paisaje es superior en hermosura a todo lo que ha visto”. “- ¿Que quiere usted, amigo mío? - contestó don Juan Fresco- Yo no digo que esto sea mejor que todo, sino que tal me lo parece. Mis viajes y mis estudios, y el haber visto la bahía de Rio de Janeiro y las costas fertilísimas que la circundan, sus lagos interiores, y las cien islas de la bahia enorme llenas de perenne verdura, y sus sierras gigantescas, y sus florestas seculares, y sus bosques fragantes de naranjos y limoneros, y el haber vivido en las orillas feraces del Ganges y del Brahmaputra, con sus pagodas, palacios y jardines, y el haber visitado las márgenes del gólfo de Nápolres, tan risueño y lleno de recuerdos clásicos, no destruyen en mi la arraigada condición del bermejino, quien jamás crece ni confiesa que haya nada más bello, ni más fértil, ni más rico que su lugar y los alrededores de su lugar”.
Otra característica de su mencianidad es el leitmotiv de sus cartas desde Madrid a su entrañable amigo y confidente literario menciano don Juan Moreno Güeto, ya en el último tramo de su vida, de volver a su tierra: es “la nostalgia -dice el mismo Valera-, de que padecen casi todos los bermejinos”.

Bonita imagen de la calle Llana con la Torre del Homenaje del castillo de Doña Mencía.


[1] Por cierto que en este testamento se hace constar dos extremos que no parecen concordar con todos estos datos anteriores. Dice ser vecino de Cabra, y que el anterior marido de su mujer se llamaba “el brigadier D. Santiago Treviller”. Cuando en realidad en estas fechas estaba empadronado en Doña Mencía y el brigadier se llamaba D. Santiago Freüller y Curtis (¿). ¿ Por qué hace estas declaraciones tan sorprendentes?, ¿qué intereses le movían?.
[2] José Montañez Lama: “Historia de la Iglesia Dominicana de Doña Mencía”. Terminada de escribir – tal como indica el mismo autor- en 1901. Se publicó en el B.R.A.C. Nº 75 correspondiente al segundo semestre 1956.
[3] Parece ser esto que acabamos de consignar fue lo más verosímil en esta familia, pues en una carta el mismo Valera hace constar que sus primeros años los pasó en Cabra y allí aprendió las primeras letras, lo cual no puede de ello deducirse que Valera recibiera su enseñanza primaria reglada en Cabra, ya que desde 1832 vivía posiblemente en Doña Mencía, puesto que sus padres estaban avecindados en esta localidad. Y no es necesario, creo, recordar que los estudios primarios se comienzan normalmente a la edad de seis-siete años en todas partes. Lo cual no impide que a esa edad se haya aprendido a leer ya, pues todos conocemos casos de estos en nuestras familias, sobre todo si hay un cierto nivel cultural entre ellas.
[4] “Juan Valera: Correspondencia. Vol. I (1847-1861). Obrad dirigida por Leonardo Romero Tovar. Editorial Castalia. Carta desde Madrid a su padre José Valera en Doña Mencía de fecha 21 de enero 1847.
[5] Op. Cit. Carta a D. Juan Navarro Sierra en Málaga de fecha 22 de enero de 1847.
[6]Op. Cit. Carta desde Nápoles a don Heriberto García de Quevedo en Madrid, de fecha 17 de mayo de 1847.
[7] Op. Cit. Carta desde Madrid a su hermana Ramona en Granada de fecha 14 de diciembre de 1849.
[8] Op. Cit. Carta desde Madrid a su padre don José Valera en Doña Mencía de fecha 22 de abril de 1850.
[9] Op. Cit. Carta desde Madrid a su padre don José Valera en Doña Mencía de fecha 29 de abril de 1850.
[10] Op. Cit. Carta desde Madrid a su madre doña Dolores Alcalá-Galiano en Granada y fecha de 5 de mayo de 1850.
[11] Op. Cit. Carta desde Lisboa a su madre doña Dolores en Granada y fechada el 21 de septiembre de 1850.
[12] Op. Cit. Carta desde Lisboa a su hermana Sofia en Granada del 21 de septiembre de 1850.
[13] Op. Cit. Carta desde Lisboa a su madre doña Dolores en Granada y de fecha 3 de febrero de 1851.
[14] Alcalá Galiano y Villavicencio, Antonio: “Memorias de un anciano”. Capítulo I, pp. 2-3. Primera edición, febrero 1886. Publicada por su hijo don Antonio.
[15] Arturo Pérez Reverte: “El capitán Alatriste”. Cap. III, p. 51. Edit. Alfaguara 1996.
[16]Más adelante explicaré por qué creo que ni su madre tuvo casa en propiedad en Cabra.
[17]Juan Valera: “Obras Completas”. Tomo III, p. 19 Edit. M. Aguilar. Madrid 1947.
[18]Nombre con el que en sus obras literarias enmascaraba el nombre de Doña Mencía. También usó en otros casos el nombre de Villalegre.

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